Ernesto Arévalo

Desde que nacemos, nos comunicamos. Llorar para captar la atención es nuestra primera acción. Conforme crecemos vamos aprendiendo a observar, escuchar y callar; todo, encaminado a creer en nuestro mundo para lograr un mayor entendimiento y, acto seguido, poder comunicarnos. Por supuesto que no es fácil, porque intervienen muchos factores positivos y negativos. Sin importar el elemento, la comunicación es uno de los pilares básicos de la sociedad, porque permite la convivencia de los seres humanos.

La lectura de un buen libro, la escritura, la música y la interlocución con la persona correcta son parte de mi personalidad. El derecho a la libertad de expresarme es mi punto de partida, aunque la colectividad, en su mayoría, no lo acepta, pero precisamente esto es lo que ocasiona la diversificación de ideas e intercambios de experiencias, para lograr la comunicación en toda la extensión de la palabra.

Una sonrisa de mi parte, no es precisamente la mejor manera de comunicarme. No significa que no tengo emociones. Al contrario, la vida es un cúmulo de retos, acciones y hechos, traducidos en experiencias con sus buenos y malos momentos; motivo por el cual, la palabra hablada es mi expresión.

Al estar detrás de un micrófono delibero la palabra, la aliento con la acción y termino la oración, porque represento a una radiodifusora que cumple con la trascendental misión de comunicación entre el emisor y el receptor. Es una parte de la vida misma y, esta, comienza a cada instante. Por ello:

Yo comunico.